"Cuando oigas un niño preguntar; por qué el sol viene y se va, dile porque en esta vida, no hay luz sin oscuridad"
Su canción... sonaba en el crepúsculo del mediodía. Sus diamantes servían de guía para mi sabiduría. Y casi sin pensarlo, dejé de pensarlo. Lucha diaria y feliz. Contentado por ser amado, pero no por ese ser que tanto amo. Y me alejé de la muchedumbre, y solo, me puse a pensar y reflexionar. Sí... soy más duro que esos pedacitos de algodón envueltos en azúcar. Contemplé el pánico que quizás muy pocos... ¡no!, que quizás yo sólo veo. Contemplé su escoria de calma al estar en pánico. ¡Qué paradoja!. Y tentado, ella me vino a buscar, como lo suele hacer siempre. Pero no la primera , estoy hablando de otra. Ella se llama felicidad y es bella. Pero no más bella que aquella que nombré al principio, porque nadie se asemeja a la primera «ella». Ni siquiera la segunda «ella», ella... es más que felicidad, es más que la misma segunda «ella». Y cuando me vino a buscar a buscar, me volvió a enseñar una cosa nueva. Me volví a enseñar una cosa nueva. Un susurro resplandeciente me decía que yo hacía más que lo correcto, que yo no sólo carcomía a los cuerpos perplejos. Sino que también usaba un morbo inusual. El de sentirse sociedad, el de sentirse entre los granos de arena. Por más noble que sea. Succioné hasta lo más mínimo y diminuto que podía sacarle a lo común, a lo normal. Me sentí libre, pero asqueado en ciertas formas. ¡Pero cómo enseña mi felicidad, y cómo enseña mi libertad!. desde aquél preciso -pero no tanto- momento, supe que no había evolucionado. ¡Pero había saltado!, había tropezado y sin caer. Y eso me hizo dar un salto por adelantado, un jaque a la vida, que tanto amo. Que tanto aprecio, y más aprecio porque más me aprecio. Y más me aprecio... ¿por qué? porque veo como ellos la desprecian. Veo cómo ellos maltratan la hermosa vida. Miro a sus corazones podridos, el más pálido gruñido que pueden ejecutar... ¡Y eso sólo incoherencia, ignorancia, como todo superfluo!. Era la manera más apreciada y locamente desquiciada de decirme a mí y a la vida, que soy pariente de la intelectualidad y la sabiduría. El resto, son mis hijos. Era la manera más eficaz de de destacarme en la sombra y esa era... estar al lado de ella, juntos y a la par. Como si fuese la medianoche y brillara sólo un tuco y una luna que sólo yo puedo hacer que me ilumine. Que sólo otros no lo hacen, porque no quieren, no saben, no pueden. Y vuelvo a aclarar que yo veía dos tucos volando, o quizá la luna me hacía ver ese tuco, que la oscuridad no veía. La luna, -la vida-, me puso unos instintos salvajes, que simplemente me dicen... "Su naturaleza es perfecta".
"Cuando veas a una estrella fugaz, guardala en tu corazón. Es el alma de alguien que consiguió dar alos suyos su amor..."
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